Aclaración: odio los fanfic. Siempre he pensado que si un autor quisiera que sus personajes hicieran determinadas cosas, las hubiera escrito. Jamás los he considerado un homenaje, sino una apropiación indebida. Sin embargo, en el foro de SGTeam el apartado más concurrido es el de fanfic, donde se encuentran escritos redactados de esa forma sincopada que suele verse en los mensajes de móviles, faltas de ortografía, puntuación dispersa y verdaderos horrores. Por cada uno normal o aceptable, hay veinticinco bazofias. Sin embargo, las críticas siempre son amables o se limitan a pedir más. Para reírnos de ellos, unos amigos y yo escribimos sendos fic de corte erótico, lo más malos, cutres y bestias posibles. Nunca he visto InuYasha, tuve que mirar en la Wikipedia de qué iba la cosa... En el foro de marras, nadie entendió la coña, todos se indignaron, pero ahí queda eso.
Sango flotaba en el agua. En aquel remanso, el río tenía profundidad suficiente como para poder nadar y la corriente era tan débil que no había por qué temer que la arrastrase. De modo que miraba el cielo y se deleitaba con la sensación de ingravidez.
Un ruido entre los arbustos que bordeaban el río la sacó de su ensoñación. Sus reflejos la impulsaron a ponerse a cubierto de un posible ataque y se sumergió, pero al poco cayó en la cuenta de que no podía tratarse de un atacante: lo más probable es que Miroku estuviera al acecho, para regalarse la vista, así que emergió con naturalidad, en tanto apartaba el pelo de su rostro y dejaba que el agua chorrease por su piel desnuda. Arqueó la espalda para recogerse el cabello, de modo que sus pechos se irguiesen. Si aquel degenerado quería espectáculo, lo iba a tener. En cuanto dicho espectáculo alcanzase su culminación, él estaría tan ocupado que ella podría darle su merecido. No podría huir.
Dejó caer de nuevo su melena sobre su hombro derecho y comenzó a pasar las manos por entre las guedejas, como si lo desenredase. El cabello le cubría el pecho y comenzó a demorar los dedos sobre su seno. Al principio, lo hacía con suavidad, como si tan sólo pretendiese deshacer un enredo, pero lentamente los movimientos dejaron de ser tan naturales para seguir la curvatura del seno. Sentía la piel húmeda y fría al tacto pero, lejos de insensibilizarla, parecía que el frío del agua hubiera agudizado sus sentidos. El pezón erecto apareció entre los mechones mojados y ella continuó rodeándolo, en círculos cada vez más pequeños, hasta apresarlo entre los dedos. Si los movimientos previos habían sido casi sedantes, ahora la sensación la electrizó.
Recordó que Miroku la observaba y que debía obsequiarle una bonita escena, porque sería lo último que viera en su vida una vez que ella lo alcanzase, de modo que se apartó el pelo para dejar ambos pechos al descubierto y que pudieran observarse sus evoluciones sin impedimentos. Abrió la mano izquierda y pasó la palma sobre el pezón, de nuevo en círculos y cada vez con mayor rudeza. Sentía la mirada de Miroku sobre ella y cómo su piel respondía a ambas caricias, la de sus ojos, la de sus dedos. Sin embargo, un extraño ansia la empujaba a aumentar la presión y la fuerza. Se pellizcó el pezón y tiró levemente de él... El aliento escapó en un leve siseo entre sus dientes apretados.
El espectáculo ya no era fingimiento. La excitación era genuina, pero si quería que el mudo testigo de su deseo pudiera disfrutar de semejante visión, no podía seguir en el agua. Si el siguiente paso debía saciar su pasión tanto como encender la de él, debía llevarse a cabo sin pudor y sin obstáculos. Salió del río y las gotas de agua que se deslizaban entre sus mulos supusieron un goce anticipado, una caricia. Una de sus manos continuaba jugando con su seno, en tanto la otra descendía por su abdomen en tanto ella se dirigía al afloramiento rocoso donde había dejado su ropa y sus armas. Apoyó su espalda en la roca y dejó que la mano descendiera hacia su pubis...
Se detuvo, presa de un súbito pudor. No se atrevía a separar los muslos y mostrar su sexo de esa manera, ni siquiera a Miroku. Las yemas de sus dedos percibían la humedad, de una textura que indicaba que no era meramente agua lo que lubricaba la hendidura ante la cual se habían detenido. Imaginó que se abría de piernas, que con los dedos separaba los labios y exponía al mirón su vagina antes de darse placer. Esa imagen mental la excitó sobremanera, pero no se decidía a hacerla realidad. No podía exponer así sus partes más íntimas, pero tampoco deseaba detenerse ahora. Decidida, colocó su hiraikotsu en perpendicular, apoyó uno de los lados del arma en la roca y se sentó a horcajadas sobre el otro brazo. Oprimió su sexo contra la arista, de modo que sus propias secreciones y el agua de su piel la lubricasen antes de comenzar a deslizarse sobre ella.
El ansia crecía. Necesitaba un mayor contacto, una mayor presión, mayor dureza. Aceleró el ritmo, sin dejar de imaginar que Miroku podría estar acariciándose frente a ella, sin dejar de observar sus labios entreabiertos, los pezones tan tiesos que casi dolían cuando sus pechos se balanceaban con cada movimiento, las caderas ansiosas que se apretaban contra el hiraikotsu. Sintió deseos de gritar su nombre, sintió un vacío que no podía llenar y que la empujaba a moverse más rápido... Sintió dos manos que le pellizcaban los pezones con fuerza y toda la excitación se disolvió en terror. ¡La habían pillado con la guardia baja!
Se levantó de un salto, pero la persona que tenía a su espalda la abrazó con más fuerza. Una lengua ávida comenzó a trazar círculos por su cuello y las manos tornaron a masajear sus pechos de nuevo. Sobre su espalda sintió el tacto suave de unos senos. ¡Su atacante era una mujer!
-Relájate, Sango... No he podido contenerme más, ¡no podía dejar que acabases tú sola!
Sango reconoció la voz. ¡Era Kagome! Se relajó al saber de quién se trataba y pensó que todo era una broma, pero la tranquilidad no duró demasiado. Las manos de su amiga reclamaban toda su atención. Su tacto era sedoso y firme, sabía erizarle y castigarle la piel al mismo tiempo. Parecían explorarla por completo, sin dejar ni un sólo centímetro sin reconocer: en tanto el torso de Kagome se frotaba contra la espalda de Sango, sus manos pellizcaban de nuevo los pezones, recorrían el vientre firme, bajaban por las caderas... Sango se envaró cuando unos dedos curiosos se detuvieron entre sus muslos, deseosos de acceder a su vagina.
-Déjame entrar, Sango- pidió Kagome, cuya respiración afanosa ponía de manifiesto su excitación y exacerbaba la de su amiga.
Sango se relajó, se obligó a relajar la musculatura de sus muslos y no reprimió el gemido que afloró en cuanto los dedos de Kagome tantearon su sexo. Rodearon con gentileza el clítoris, que sobresalía, e indagaron entre los labios de la vagina húmeda e hinchada.
-Ven...
Siempre tras ella, Kagome la hizo girarse y la obligó a dejarse caer sobre ella. Kagome se apoyó en la roca, junto al hiraikotsu y separó los muslos para acoger a su amiga. Acomodó las caderas contra la espalda de Sango y colocó sus manos entre los muslos de ella para separarlos. Realizó movimientos circulares, cada vez mas cerca de la vagina anhelante, antes de delinear los labios con las yemas de los dedos, separarlos y penetrarla. Sango no pudo reprimir un gemido. Kagome sabía lo que hacía.
Cuando Sango comenzó a mover sus caderas, su espalda se frotaba contra el sexo de Kagome, cubierto por la ropa interior, pero ésta no se dejaba llevar por el placer como su amiga. El contacto la complacía, satisfacía su deseo, pero lo que colmaba su ansia era tener a Sango retorciéndose entre sus brazos, sus dedos húmedos entrando y saliendo de aquella oquedad cálida y ambas respiraciones entrecortadas que me hacían indistinguibles. Sango quería más y ella podía dárselo. Tomó la espada de Sango y, tras lubricarla con su propia saliva, le introdujo el mango en el sexo.
Sango arqueó la espalda, la sorpresa anulada por el placer, y aumentó el ritmo de sus movimientos. Kagome también se movía tras ella, sin cesar de frotarse contra su espalda ni de mover la espada en su interior.
Mientras ambas muchachas se debatían en pos del orgasmo, Miroku las miraba desde la otra orilla y eyaculaba entre los arbustos.
Sango flotaba en el agua. En aquel remanso, el río tenía profundidad suficiente como para poder nadar y la corriente era tan débil que no había por qué temer que la arrastrase. De modo que miraba el cielo y se deleitaba con la sensación de ingravidez.
Un ruido entre los arbustos que bordeaban el río la sacó de su ensoñación. Sus reflejos la impulsaron a ponerse a cubierto de un posible ataque y se sumergió, pero al poco cayó en la cuenta de que no podía tratarse de un atacante: lo más probable es que Miroku estuviera al acecho, para regalarse la vista, así que emergió con naturalidad, en tanto apartaba el pelo de su rostro y dejaba que el agua chorrease por su piel desnuda. Arqueó la espalda para recogerse el cabello, de modo que sus pechos se irguiesen. Si aquel degenerado quería espectáculo, lo iba a tener. En cuanto dicho espectáculo alcanzase su culminación, él estaría tan ocupado que ella podría darle su merecido. No podría huir.
Dejó caer de nuevo su melena sobre su hombro derecho y comenzó a pasar las manos por entre las guedejas, como si lo desenredase. El cabello le cubría el pecho y comenzó a demorar los dedos sobre su seno. Al principio, lo hacía con suavidad, como si tan sólo pretendiese deshacer un enredo, pero lentamente los movimientos dejaron de ser tan naturales para seguir la curvatura del seno. Sentía la piel húmeda y fría al tacto pero, lejos de insensibilizarla, parecía que el frío del agua hubiera agudizado sus sentidos. El pezón erecto apareció entre los mechones mojados y ella continuó rodeándolo, en círculos cada vez más pequeños, hasta apresarlo entre los dedos. Si los movimientos previos habían sido casi sedantes, ahora la sensación la electrizó.
Recordó que Miroku la observaba y que debía obsequiarle una bonita escena, porque sería lo último que viera en su vida una vez que ella lo alcanzase, de modo que se apartó el pelo para dejar ambos pechos al descubierto y que pudieran observarse sus evoluciones sin impedimentos. Abrió la mano izquierda y pasó la palma sobre el pezón, de nuevo en círculos y cada vez con mayor rudeza. Sentía la mirada de Miroku sobre ella y cómo su piel respondía a ambas caricias, la de sus ojos, la de sus dedos. Sin embargo, un extraño ansia la empujaba a aumentar la presión y la fuerza. Se pellizcó el pezón y tiró levemente de él... El aliento escapó en un leve siseo entre sus dientes apretados.
El espectáculo ya no era fingimiento. La excitación era genuina, pero si quería que el mudo testigo de su deseo pudiera disfrutar de semejante visión, no podía seguir en el agua. Si el siguiente paso debía saciar su pasión tanto como encender la de él, debía llevarse a cabo sin pudor y sin obstáculos. Salió del río y las gotas de agua que se deslizaban entre sus mulos supusieron un goce anticipado, una caricia. Una de sus manos continuaba jugando con su seno, en tanto la otra descendía por su abdomen en tanto ella se dirigía al afloramiento rocoso donde había dejado su ropa y sus armas. Apoyó su espalda en la roca y dejó que la mano descendiera hacia su pubis...
Se detuvo, presa de un súbito pudor. No se atrevía a separar los muslos y mostrar su sexo de esa manera, ni siquiera a Miroku. Las yemas de sus dedos percibían la humedad, de una textura que indicaba que no era meramente agua lo que lubricaba la hendidura ante la cual se habían detenido. Imaginó que se abría de piernas, que con los dedos separaba los labios y exponía al mirón su vagina antes de darse placer. Esa imagen mental la excitó sobremanera, pero no se decidía a hacerla realidad. No podía exponer así sus partes más íntimas, pero tampoco deseaba detenerse ahora. Decidida, colocó su hiraikotsu en perpendicular, apoyó uno de los lados del arma en la roca y se sentó a horcajadas sobre el otro brazo. Oprimió su sexo contra la arista, de modo que sus propias secreciones y el agua de su piel la lubricasen antes de comenzar a deslizarse sobre ella.
El ansia crecía. Necesitaba un mayor contacto, una mayor presión, mayor dureza. Aceleró el ritmo, sin dejar de imaginar que Miroku podría estar acariciándose frente a ella, sin dejar de observar sus labios entreabiertos, los pezones tan tiesos que casi dolían cuando sus pechos se balanceaban con cada movimiento, las caderas ansiosas que se apretaban contra el hiraikotsu. Sintió deseos de gritar su nombre, sintió un vacío que no podía llenar y que la empujaba a moverse más rápido... Sintió dos manos que le pellizcaban los pezones con fuerza y toda la excitación se disolvió en terror. ¡La habían pillado con la guardia baja!
Se levantó de un salto, pero la persona que tenía a su espalda la abrazó con más fuerza. Una lengua ávida comenzó a trazar círculos por su cuello y las manos tornaron a masajear sus pechos de nuevo. Sobre su espalda sintió el tacto suave de unos senos. ¡Su atacante era una mujer!
-Relájate, Sango... No he podido contenerme más, ¡no podía dejar que acabases tú sola!
Sango reconoció la voz. ¡Era Kagome! Se relajó al saber de quién se trataba y pensó que todo era una broma, pero la tranquilidad no duró demasiado. Las manos de su amiga reclamaban toda su atención. Su tacto era sedoso y firme, sabía erizarle y castigarle la piel al mismo tiempo. Parecían explorarla por completo, sin dejar ni un sólo centímetro sin reconocer: en tanto el torso de Kagome se frotaba contra la espalda de Sango, sus manos pellizcaban de nuevo los pezones, recorrían el vientre firme, bajaban por las caderas... Sango se envaró cuando unos dedos curiosos se detuvieron entre sus muslos, deseosos de acceder a su vagina.
-Déjame entrar, Sango- pidió Kagome, cuya respiración afanosa ponía de manifiesto su excitación y exacerbaba la de su amiga.
Sango se relajó, se obligó a relajar la musculatura de sus muslos y no reprimió el gemido que afloró en cuanto los dedos de Kagome tantearon su sexo. Rodearon con gentileza el clítoris, que sobresalía, e indagaron entre los labios de la vagina húmeda e hinchada.
-Ven...
Siempre tras ella, Kagome la hizo girarse y la obligó a dejarse caer sobre ella. Kagome se apoyó en la roca, junto al hiraikotsu y separó los muslos para acoger a su amiga. Acomodó las caderas contra la espalda de Sango y colocó sus manos entre los muslos de ella para separarlos. Realizó movimientos circulares, cada vez mas cerca de la vagina anhelante, antes de delinear los labios con las yemas de los dedos, separarlos y penetrarla. Sango no pudo reprimir un gemido. Kagome sabía lo que hacía.
Cuando Sango comenzó a mover sus caderas, su espalda se frotaba contra el sexo de Kagome, cubierto por la ropa interior, pero ésta no se dejaba llevar por el placer como su amiga. El contacto la complacía, satisfacía su deseo, pero lo que colmaba su ansia era tener a Sango retorciéndose entre sus brazos, sus dedos húmedos entrando y saliendo de aquella oquedad cálida y ambas respiraciones entrecortadas que me hacían indistinguibles. Sango quería más y ella podía dárselo. Tomó la espada de Sango y, tras lubricarla con su propia saliva, le introdujo el mango en el sexo.
Sango arqueó la espalda, la sorpresa anulada por el placer, y aumentó el ritmo de sus movimientos. Kagome también se movía tras ella, sin cesar de frotarse contra su espalda ni de mover la espada en su interior.
Mientras ambas muchachas se debatían en pos del orgasmo, Miroku las miraba desde la otra orilla y eyaculaba entre los arbustos.
