La luna llena iluminaba el jardín y le confería un aura misteriosa que debiera inspirarme, pero preferí acercarme a las ventanas de la planta baja y revisar mis escritos a la luz de las arañas del gran salón de baile. En ocasiones, alguna pareja danzante me divisaba a través de los cristales y sus muecas de desconcierto me distraían, quebraban mi inspiración. A veces, con suerte, podía vislumbrarla y fluían nuevos versos.
Hacía frío. El aire parecía acuchillar mi pecho en cada respiración, pero no me importaba. Esta noche era la gran noche. Todos los desvelos tendrían su recompensa.
¿Cuántas horas pasé inclinado sobre el papel, en dura pugna con las palabras? Aún entonces, minutos antes del momento culminante, releía una y otra vez, tachaba aquí, corregía allá, añadía alguna otra metáfora. ¡No puede el lenguaje mortal hacerse eco de una belleza ultraterrena! El espíritu se desborda, pero se ve refrenado por la lengua y los labios, prisión de carne para tan puros sentimientos.
Aguardé. Mi adorada pronto se retiraría a sus aposentos y yo ensayaba una y otra vez la entonación adecuada para declamar mis poemas. Sopesaba si eliminar una alusión a su blanco pecho, que podría resultar ofensiva a tan delicada dama, cuando las puertas de su balcón se abrieron y una pareja irrumpió en él. En un principio pensé en dar la voz de alarma, puesto que forcejeaban con furia, pero la luz de la luna me permitió darme cuenta de mi error: aquel lance no era mortal, sino amoroso. Ya él desprendía las horquillas del cabello de ella, rubio como el oro, así como desprendía botones, corchetes o cualquier otro impedimento que le estorbase el despojarla de sus ropas.
Ella se apartó para tomar aire y pude ver su blanco pecho jadeante, sus ojos azules que observaban al hombre con avidez. ¡Era mi dama, que de nuevo de lanzaba sobre su galán! Cogí la piedra que había preparado para llamar a su ventana cuando me dispusiera a declarar mi amor y la arrojé con fuerza. El ruido de cristales rotos interrumpió a los amantes y alertó a todos en la casa.
En mi huida, olvidé mis poemas en el jardín pero ¿qué más daba? Tampoco eran tan buenos y putas como esa hay muchas. Siempre puedo escribir más.
