Con cuidado, deposité mi ofrenda a los pies de la estatua, pero el dios no bajó los ojos. Su mirada continuó prendida del infinito, sin reparar en el despojo sangriento que aún palpitaba en el cuenco, sobre el pedestal.
Con el pecho abierto y vacío, me retiré en silencio.
Con el pecho abierto y vacío, me retiré en silencio.
