15.1.07

La eternidad es mucho tiempo

Todavía no me explico cómo puede la gente ser tan loca. Vale que Reina Mercedes es una avenida grande, pero si en ciudad no se puede circular a más de 50 km/h (teóricamente, claro) y en todas las puertas de cada facultad hay un paso de peatones, ¿qué hacen los coches circulando por allí a toda leche? Vale que también tengo algo de culpa, porque me tiro al medio de la carretera en cuanto veo un coche de autoescuela, segura de que éste sí se parará, pero... ¡Pero es tan injusto que ahora me vea en esta situación sólo porque la gente ve una avenida de cuatro carriles y decide probar la potencia de su coche!

Todo fue muy rápido. Esperé a avistar un coche de autoescuela, bajé de la acera y comencé a cruzar. De repente, no sé cómo, sentí un estallido de dolor. Si yo fuera una persona poética, me tiraría el pegote y diría que "el negro asfalto pareció ascender como si fuera una ola de oscuridad que me tragase", o algo así, pero me parece una forma cursi y asquerosa de decir que me di la ostia padre contra el suelo y que creo que perdí el conocimiento. De todos modos, cuando volví a abrir los ojos, fue "negro asfalto" lo primero que vi y sentí bajo mi mejilla.

No fue hasta que me cercioré de que no se me habían roto las gafas que me levanté y quise terminar de cruzar la calle, que no era plan de quedarse allí tirada para que me atropellase el próximo conductor que probase el acelerador en la avenida. Pero, para mi sorpresa, ante mí no había otra acera, sino más asfalto. Estaba en medio de una carretera vacía y solitaria que cruzaba campos de trigo. No había señales, no estaban delimitados los carriles por ninguna línea blanca y no se veía ni una triste casa. Aquello era como si yo estuviese en una road movie americana y ahora tuviese que apañármelas para regresar a casa desde ninguna parte. Empecé a acordarme de los muertos del dichoso niño de la autoescuela por atropellarme y dejarme en coma o bien tocada de la cabeza, pero mientras declamaba a grito pelado toda la genealogía del cabrón ese (su puta madre y esas cosas, nunca he sido una señorita "fisna" ni me distingo por mi discreción) caminaba por la carretera a buen paso, para quemar adrenalina. Si no fuese por mi asma, hubiera echado a correr.

No había andado mucho cuando encontré... Encontré "esto", porque no se ajusta a ninguna de las palabras que yo haya aprendido en mi vida. Claro que soy de ciencias y una nulidad en cuanto al vocabulario concerniente a la arquitectura, pero esta especie de inmenso recinto amurallado cuyo perímetro a veces es sólido, a veces no y del que a ratos sobresalen edificaciones de las más diversas hechuras creo yo que ni Gaudí sabría nombrarlo. Aunque las murallas parecían solidificarse, mutar en altura y materiales y desvanecerse después, la carretera terminaba en unas puertas que sí parecían sólidas, reales, físicas entre tanta alucinación. Además, eran bastante normalitas y la carretera me llevaba hasta ellas, así que seguí caminando.

Cuando me acerqué lo suficiente, vi a un hombre sentado tras una mesa de madera, ante las puertas. Me vio y vino hacia mí con una carpeta en la mano, sin dejar de mover los papeles de un lado para otro. Estaba bueno, el tío, un morenazo de ojos azules, mandíbula cuadrada pero sin exagerar y labios gruesos de estos que... Bueno, no voy a entrar en detalles de índole sexual; creo que lo que yo haría con un tío así no varía mucho de lo que harían muchas otras. El caso es que, cuando al fin nos encontramos, me saludó con tanta cortesía como nerviosismo y me preguntó mi nombre, toda la situación me pareció algo menos mala.

-Jennifer Gómez Salas. Fui a nacer cuando mi madre estaba enganchada a los culebrones y ése es el nombre que le inspiró la televisión- contesté.- Y tú, ¿cómo te llamas?

El morenazo sonrió, pero más que una sonrisa le salió una mueca torcida. Estaba histérico, el tío, no dejaba de remover papeles en su carpeta y empezaba a ponerme nerviosa a mi también.

-Gabriel, me llamo Gabriel. Y, Jennifer, permíteme una pregunta, ¿eres católica?

Aquello me desconcertó, pero me molan los tíos inteligentes, así que si quería una conversación profunda, intentaría estar a la altura:

-Bueno, estoy bautizada e hice la Primera Comunión, pero no creo en los ritos de la Iglesia Católica ni en la propia Iglesia como institución. Yo creo que Dios existe porque algo tiene que haber, pero también creo que mi relación con él no necesita intermediarios...

-Pero, ¿crees que Dios te premiará en la otra vida?

-¿Qué otra vida?- pregunté. El Gabriel éste iba a saco, ya podría haberme preguntado qué edad tengo, qué estudio y ese tipo de cosas antes de meterse en esa clase de conversación, pero ya que estábamos, proseguí:-Yo no creo que haya vida después de la muerte. Creo en que existe Dios porque alguna explicación tiene que haber para muchas cosas, pero me parece a mí que la vida de ultratumba la inventó el hombre porque nadie quiere morirse, y así al menos conservaba la ilusión de continuidad en este mundo o medrar en un mundo mejor. O vengarse de los que le cayeran mal, por aquello de mandarlos al infierno, ya sabes.

Gabriel se relajó visiblemente. Cerró la carpeta, me dedicó una sonrisa deslumbrante y sincera y por toda respuesta, dijo:

-Ah, vale. Eso lo explica todo: eres una "porsiaca".

-¿Una qué?- dije. En ese momento, distinguí un letrero sobre las puertas. En letras doradas, podía leerse una palabra. ETERNIDAD.

-Sí, una persona que cree que tras la muerte se acabó todo, pero guarda un resquicio de fe POR SI ACASO sí la hay, para no perdérsela. La gente como tú abunda hoy en día. Nos dais mucho trabajo. Date cuenta que cada persona pasa la eternidad tal y como ha creído en vida que la pasaría y la gente como tú sois difíciles de ubicar.

Me quedé... Iba a decir que me quedé muerta, pero aquello era mucho peor, porque ESTABA muerta. Pero yo siempre he sido curiosa y sociable, así que supuse que me adaptaría pronto al nuevo ambiente e intenté aceptar la situación con optimismo.

-Bueno, Gabriel... Es la primera vez que me muero, así que ya me contarás qué tengo que hacer.

Para acabar de morir, creo que me hice cargo de la situación de manera admirable, oye. Pero Gabriel no pareció verlo así, porque se limitó a escoltarme hasta las puertas y hacerme entrar en... Bueno, "aquí". Curiosamente, la entrada de la Eternidad se parece mucho a la recepción de un hotel. Gabriel se dirigió al mostrador. Una señorita rubia de ojos verdes, muy mona y arreglada, intercambió con Gabriel algunas palabras y desapareció tras una puerta para regresar con un dossier en cuya cubierta pude entrever que estaba escrito mi nombre. Gabriel lo cogió y volvió a mi lado.

-Mira, Jennifer, aquí están registrados tus pensamientos sobre la vida y la muerte. Veamos...

Me quedé bastante defraudada. Debo haber sido una persona de lo más superficial, porque el puñetero librito apenas tendría doscientas páginas. ¡Qué poco tiempo de mi vida he dedicado a pensar, leñe! Gabriel vio mi cara de decepción y habló:

-No pongas esa cara. La gente que cree firmemente en alguna clase de religión no tiene dossier, son sólo anotaciones en un libro general, porque su eternidad está bien diseñada y prefijada. Pero tú... ¡Lo tuyo es grave! A ver...

-Bueno, Gabriel- tercié-, he dejado muchas cosas por hacer en la Tierra, yo creo que tendría que volver como espíritu. Ya me dirás tú si en casa de mis padres o en la facultad.

-¿Es eso lo que te gustaría?

Me lo pensé un poco.

-Creo que no. Estoy harta de casa de mis padres y como espíritu no me voy a sacar la carrera, así que creo que la eternidad se me iba a hacer muy larga. ¿Qué otras opciones hay?

Gabriel echó otro vistazo al libro.

-Bueno, durante un tiempo pensaste que el cielo era una gran biblioteca donde resolverías todas tus dudas y Dios te descubriría los secretos de la creación. Dios no concede audiencias con asiduidad, pero todo el saber del universo se encuentra en nuestra biblioteca. Te la mostraré.

No sé cómo llegamos allí. Parece ser que todas las estancias y cielos posibles son un estado del alma, así que la Eternidad me resultaba tan cambiante porque todas las almas se apiñaban ahí dentro y todos los cielos posibles se condensaban en muy poco espacio. Creo que cada cielo era una especie de alucinación para el alma, para que todos cupieran allí. El caso es que todo cambiaba a mi alrededor a cada segundo, no sé cómo Gabriel se orientaba por allí. Pero la biblioteca era alucinante y me alegré de verla. Sin embargo, todos allí leían, leían y leían en silencio sepulcral y las estanterías se extendían hasta donde alcanzaba mi vista, así que decliné.

-Mira, Gabriel, aquí hay poca vidilla. Me gusta leer y quiero saber, pero no sé si me apetece dedicarme únicamente a esto.

-¿Quieres ir al cielo de los cristianos? Tú estás bautizada...

-No sé, si tengo que ir al cielo cristiano tal y como lo imagino. No quiero pasarme la eternidad con una túnica blanca, saltando por el campo en plan hippy mientras canto alabanzas a Dios. Y si es tal y como me lo cuentan, creo que me aburriría un poco entre tanto recto varón y tanta paz.

-¿Y el infierno?

-Gabriel, me estás tocando la moral. ¿No hay nada que no sea tan radical? Una cosa intermedia...

Gabriel se lo pensó un poco.

-Bueno, hay gente que recrea su vida terrena tal y como la pasó. ¿Te gustaría eso?

Retrocedí horrorizada.

-¡¡¡¡Ni loca!!!! ¿Toda la eternidad siendo una gorda mediocre, siempre estudiando, todo rutina? Creo que no, que no y que no. Aunque... ¿Estarían mis amigos y mis familiares?

-Cuando mueran, y sólo los que tengan creencias similares a las tuyas.

Yo quiero mucho a mis amigos, pero toda la eternidad intercambiando las mismas bromas y jugando al rol no me pareció apetecible. Y en cuanto a la familia... Con las ganas que tenía de irme de casa, ¿iba a volver a soportar a mis padres voluntariamente?

Seguimos barajando opciones, una tras otra. Pero no había un cielo que abarcase todos los cielos posibles, que me permitiera seguir mi vida normal pero cambiando todo aquello que no me gustase y en el que me saliera de la rutina de vez en cuando para vivir alguna aventura mágica antes de volver a ser una gorda mediocre de vida normal. No había un cielo donde pudiera vivir como hubiera querido que fuera mi vida terrena. Así se lo dije a Gabriel.

-¿Sabes lo que eso significa?

Y tanto que lo sé. Gabriel me ha prestado estos papeles para que, cuando mis padres o mis amigos vengan por aquí y quieran reunirse conmigo, puedan saber de mi propio puño y letra por qué no podrán encontrarme. Pero es que renuncio a la eternidad ahora mismo y me voy a dormir para siempre. Sin soñar, para que ni si quiera las pesadillas me molesten. Besos y hasta nunca.