6.1.07

Contradicción

Escríbeme un cuento, me pediste. Yo inventaba dragones y guerreros, pero siempre alegabas que no era esa clase de magia la que buscabas en mi escrito. Creé vampiros que ahogaban su hastío en sangre humana y repusiste que no entendías cómo el amor podía engullir al ser amado; jamás entendiste que devorar el objeto de adoración es la forma más literal de fundirse con él y ser uno. Redacté mis más secretas fantasías y me tachaste de obscena. Aún hoy me pregunto si tu orgullo masculino se rebeló ante esas escenas, si interpretaste todo aquello como mis verdaderos deseos. No importa. Las deseché y me lancé a escribir romances de todo tipo: vulgares, grandiosos, edulcorados, amargos, simples, enrevesados... Apartabas los folios a manotazos y razonabas que esas situaciones no eran verosímiles, que entre nosotros jamás se dieron escenas similares. Tampoco los relatos de espías te convencieron. No sé nada de política, no tengo doblez, ¿cómo urdir una trama de espionaje?

No sabía qué querías, te pedía explicación y me confundían tus respuestas. Escríbeme un cuento, me pedías, desnúdate tras el velo de las palabras, deja aflorar aquello que yo no veo a través de una ficción. Quiero conocerte de verdad.

No podía hacerlo. Soy quien ves, no tengo forma de mostrar lo que ya aparece ante tus ojos. ¿Qué querías descubrir que soy? No lo sabía. Volqué mi frustración sobre el papel. Nada de imágenes, ningún personaje, ninguna metáfora: sólo tú, yo y la incomprensión.

Ahora te conozco, me dijiste. No volvimos a vernos.