18.12.06

Esas cosas que escribí cuando amé y perdí

La calle estaba desierta. Los únicos sonidos que quebraban el silencio eran el rítmico golpear de sus tacones sobre la acera y el cliqueteo de una farola cuya luz parpadeaba. A cada guiño de la luz le correspondía un chasquido seco. Sobre la iluminación artificial de la ciudad se extendía el cielo negro, profundo, infinito, en el que la luna llena le parecía una incongruencia.

Por un momento, se le ocurrió que haber compartido aquellos cinco años con él había sido como padecer un cáncer en el alma. Él se había nutrido de ella en tanto que ella manoteaba en el aire buscando un asidero. Sin embargo, no había tal asidero, porque ella era el soporte, la fortaleza y el ánimo. No podía llorar sobre su hombro porque debía enjugarle las lágrimas. Y ahora, ni si quiera eso. Ahora, el vacío, el trabajo, los platos sucios, el libro en la mesita de noche y llamar a su madre un par de veces a la semana. Se acabó el esperar su llamada, arrancarle una sonrisa, sacarlo de su hermetismo, sorprenderlo y escucharlo.

Ah, si al menos no se hubiera ido de esa manera, si hubiese esperado un taxi en lugar de huir de allí, ahora estaría en casa... Podría quitarse aquel maldito vestido, los torturantes tacones y dormir. Dormir, dormir, dormir hasta que llegase el lunes y las obligaciones la reclamasen de nuevo, el trabajo la absorbiera tanto que pudiera dejar de revivir la discusión y de lamentarse por no haber callado a tiempo, por no haber esperado ni ofrecido una disculpa. No iba a llorar, no quería llorar. Todavía no. Sólo quería llegar a su casa y dormir.

Tal era su impaciencia, que apenas reparó en el joven hasta que éste le impidió el paso. Cuando intentó rodearlo para seguir su camino, él volvió a interponerse. Irritada, pensó que era el colofón para la noche perfecta: que un yonqui la atracara justo cuando acababa de romper una amistad, sofocado un amor y constatado que no tenía más refugio que su trabajo, que toda su vida se había reducido a una persona y ahora ni si quiera le quedaba eso. Para colmo, una observación más detenida le hizo hervir la sangre. No podía ser un drogadicto. El traje de chaqueta gris y el abrigo de paño negro eran demasiado elegantes, demasiado caros. Genial, un pijo que se aburre y me ha elegido para divertirse, pensó. No pudo evitar mostrar su irritación:

- ¿Se puede saber qué quiere? Tengo prisa, ¿sabe? Y ninguna gana de jugar.

El hombre la miró con extraña intensidad. Tenía los ojos increíblemente azules, profundos. Cuando le sonrió, aquella profundidad pareció llamarla, absorberla... Pero aquel embrujo fue momentáneo. Toda la magia se disolvió al ver en la mano que él extendía hacia ella una navaja. Retrocedió, asustada. Pero el miedo se evaporó pronto para dar paso a la rabia, a la frustración y al asco. ¿Qué podía querer de ella un hombre que vestía con tanta elegancia? No podía necesitar su dinero, pero si aquella era la única manera de que la dejara en paz, se lo daría. Lo que fuera con tal de que la dejara marchar. Quería irse a casa. Ya había sufrido bastante humillación por un día. Abrió el bolso y comenzó a buscar la cartera, pero la voz de él la detuvo.

- No... No quiero su dinero. Sólo tome la navaja y hágalo.

- ¿Qué haga qué? ¿De qué me habla? Por Dios, tome la cartera, el bolso, las pulseras, lo que quiera, ¡pero déjeme ir!

Descubrió en su voz un punto de histeria. Pensó que si tomara la navaja que aquel tipo le ofrecía, haría cualquier locura con ella: matarlo, matarse, acuchillar la noche si hiciese falta con tal de obtener descanso y olvido. El joven seguía sonriendo, la mano tendida hacia ella, la navaja sobre la palma, cosa que la sorprendió. No la estaba amenazando con la navaja. Se la estaba tendiendo. Se la ofrecía.

- Hágalo.

Y entonces supo a qué se refería. Tomó la navaja, rozando sin querer la mano de aquel hombre extraño y atractivo, que estaba tan fría como el mango del arma. Tan fría como la hoja de la navaja, que colocó en ese lugar de su muñeca donde se podía percibir el pálpito de las venas. Ni si quiera sabía que había querido hacerlo hasta que él se lo ofreció, no se le ocurrió pensar que quizá el sueño más reconfortante es el que sabes que no será interrumpido, un sueño sin sueños...

Permaneció largo rato de pie, frente al desconocido, con la hoja apoyada sobre una vena prominente, que presionaba sobre la navaja con cada latido del corazón. Se hinchaba y deshinchaba con un ritmo hipnótico y no se decidía a ponerle fin. Tenía miedo al dolor, siempre lo había temido.

- No puedo...- dijo, devolviendo la navaja al joven, quien seguía observándola con fijeza.

-No puedes, pero aún así lo deseas. Puedo verlo en tus ojos, puedo leerlo en tu mente. ¿Quieres que lo haga yo?- y antes de que ella asintiese, la tomó con suavidad del brazo con el que sostenía la navaja y la atrajo hacia sí. Tenía las manos frías. Frío sobre la piel cuando le hizo estirar el brazo, frío sobre la muñeca cuando hizo un rápido corte en ella, no demasiado profundo. Y la calidez de la sangre, la calidez de la boca del hombre que se aplicaba sobre la herida, una extraña calidez en su interior. El dolor no fue más que un latigazo pasajero en el momento en que aquel extraño le infligió el corte y fue sustituido por aquella extraña sensación de tranquilidad. No le extrañó estar de pie ante un desconocido que sabía de sus deseos de muerte y le sorbía la sangre que había ayudado a derramar. Las cosas eran como debían ser. Unos deben morir para que otros sobrevivan, es la cadena trófica. Finalmente, con mi muerte haré algo útil.

Con languidez, se dejó caer al suelo, pero el hombre (el vampiro, ahora lo comprendo) la sostuvo sin dejar de beber hasta dejarla arrodillada en el suelo. Al agacharse sobre ella, se acercó más y ella pudo observarlo a placer. Tenía el pelo corto, tan negro que el parpadeo de la luz se reflejaba en él, en vivo contraste con una piel tan pálida que casi parecía traslúcida, bajo la cual se percibía el sinuoso trazado de las venas. Sin embargo, un leve rubor comenzaba a teñir sus mejillas. Su tacto cada vez le resultaba más cálido. Sus rasgos eran regulares, atractivos. Era una pena que tuviese cerrados aquellos ojos cautivadores. Ella también se sintió tentada de cerrar los suyos...

Cuando los abrió de nuevo, observó aquella cabeza inclinada sobre su brazo y sintió unos labios que se movían sobre su piel. La sensación era exquisita. Aquel hombre... Se sintió desfallecer de felicidad. Le acarició con suavidad el pelo y dejó resbalar la mano por la nuca para recorrer su espalda en tanto susurraba un nombre. Recordaba el pelo más espeso, la espalda menos firme y musculada, pero no importaba. Era él. Había ido a buscarla, había olvidado la escena del restaurante. Deseó que la abrazara, tal y como estaban, sin hablar, que mitigara el frío que la estaba invadiendo lentamente. Sin reproches ni lágrimas, sólo su presencia junto a ella, la calidez de su cuerpo contra el suyo. Había deseado tanto que llegara ese momento durante tanto tiempo...

Él vampiro fue consciente de su anhelo, se sintió extrañamente envuelto en la añoranza de ella. De modo que soltó su brazo y levantó la vista hacia su rostro. Aquellos ojos azules la desconcertaron. ¿Azules? Qué extraño... Ella recordaba unos ojos marrones, tan oscuros que parecían negros. Debía ser algún efecto de la luz parpadeante, sin la menor importancia, y se olvidó por completo de aquello cuando él se sentó, apoyada la espalda en una pared, y la abrazó por detrás. Ya que iba a darle muerte, nada le costaba participar en los ensueños de su víctima. Se ocupó de resguardarla del frío con su abrigo (sabía que tendría frío, lo había visto muchas veces, cada noche) y sus labios juguetearon en su cuello. Ella volvió a susurrar su nombre y descansó su nuca en el hueco del cuello de él, totalmente abandonada, debilitada por las caricias y la pérdida de sangre. Él sentía su pulso latir al mismo ritmo que el de ella, lento pero aún firme. Era la comunión de la sangre, sólo que en esta ocasión la víctima se había ofrecido por su propia voluntad. Ni si quiera se inmutó cuando él mordisqueó su cuello y apenas gimió cuando los colmillos de él encontraron una vena. Se limitó a disfrutar del calor que él había robado de su sangre, de sus brazos en torno a su cuerpo, el tacto de sus labios, de que no hiciera falta hablar. Te he esperado siempre, anhelaba este momento. He vivido para ti, he llorado por ti, he cuidado de ti. Estar así es la única manera en que debo estar, no me dejes. Te amo demasiado. Estaba sola e incompleta, pero ahora soy una contigo. No sabes qué largas son las noches en una cama vacía. Soy feliz.

El vampiro, ahíto, dejó de beber. Lamió con deleite la sangre alrededor del mordisco y permaneció abrazado a ella. Escuchó sus pensamientos y su respiración hasta que ella, con un profundo suspiro que pareció de satisfacción, dejó de pensar y respirar. Aún entonces la mantuvo entre sus brazos unos minutos, hasta que el eco de los pensamientos de su víctima se disolvieron en su mente y toda la ternura desapareció, sustituida por el desprecio.

Estúpidos humanos. Cada vez que se alimentaba de ellos conseguían atraparlo en la telaraña de sus deseos, sentimientos y ambiciones, de modo que cada muerte que infligía suponía una pequeña muerte en alguna parte de su alma. Pero lo de esa joven había sido una verdadera agonía para él. Su deseo de separarse del mundo, de no tener que enfrentarse al día a día, había sido tan fuerte que el vampiro hubiera querido ser el humano que ocupaba los pensamientos de ella (esos pensamientos que lo habían atrapado de una manera tan absoluta) y darle lo que ansiaba, amarla y corresponderla. Pero ahora ella no era más que una cáscara vacía que yacía en sus brazos y de la que se deshizo con desagrado.

El cadáver quedó allí abandonado, los ojos fijos en la luna llena, en tanto que el vampiro se alejaba caminando como cualquier otro mortal satisfecho.