6.12.06

Erigiendo muros laboriosamente

Hoy es el Día de la Constitución, un día festivo, pero no tengo nada que celebrar. Todos mis recuerdos conscientes son posteriores al referéndum y es difícil apreciar lo cotidiano, con lo que se ha convivido siempre. Ya ves, tantos años sin que mi hígado me diera problemas y nunca me paré a agradecérselo (de mi neurona sí que tengo quejas). Algo parecido pasa con la Constitución; me alegra más no tener que ir al curso de formación de mi trabajo basura que el hecho de vivir en una democracia.

¿A qué viene esto? No sé, sólo el que haya dispuesto de tantas horas vacías puede justificar que esté escribiendo estas líneas en estos momentos y que mañana niegue siquiera haber pensado lo que aquí pensaba exponer: hoy he terminado mi más magna obra, mi propio muro de las lamentaciones.

Es curioso: que una persona tan verbosa y charlatana como yo deje tantas cosas sin decir puede resultar irónico, pero no es extraño. La máscara tras la que me oculto me impide manifestar determinados sentimientos, reprime otros tantos impulsos, y cada vez que me negué a pronunciar una palabra afectuosa, a dar un abrazo, a delatarme en un gesto de cariño, esa negación me pesaba en el alma como una piedra. Con todos los te quiero que callé, con todas esas piedras, he ido construyendo este muro que me separa de ti y contra el que golpeo una vez y otra.

Me gustaría pensar que al fin te he dejado fuera. Pero quien está sola a este lado de la construcción soy yo.