8.12.06

En el 31

Hay momentos que son más dulces en la memoria de lo que fueron en la realidad. Tal vez por eso algún nimio detalle permanece aún en mi recuerdo en lugar de quedar relegado al olvido de todo lo intrascendente.

Una de esas tonterías que atesoro ocurrió un día como otro cualquiera. Viajaba en el autobús rodeada de viejos y de enganchados cuando en una de las paradas se subió un muchacho con una mochila roja a la espalda y un cuaderno bajo el brazo. No reparé en él, de la misma manera que apenas me fijé en la chica de expresión ausente que, sentada frente a mí, miraba por la ventana sin apenas pestañear. El ronroneo del motor me sumió en el cotidiano sopor hasta que un ruido distinto, casi imperceptible, me devolvió a la vigilia. Un sonido tan querido, el rascar del lápiz sobre el papel.

Sin que yo me hubiese percatado, el muchacho se había sentado junto a mí. Tenía el cuaderno sobre sus rodillas y poco a poco aparecía en el papel un rostro de una tristeza y una soledad infinitas. Cuando el chico levantó la vista de su obra, identifiqué a la modelo. Era la mujer de la ventana.

El sol me calentaba la espalda a través de la ventanilla y el hecho de que el chico retratase a una desconocida sólo porque sí, porque ella era atractiva y permanecía inmóvil y parecía triste, me calentó el corazón. Sus manos me recordaron otras manos que también plasmaban belleza sobre el papel, otras manos que eran cálidas sobre las mías. ¡Tanta calidez en un instante tan breve! Creo que por eso guardo este recuerdo con dulzura.