1.12.09

Ya ves...

Antes, solía enterrar los despojos del amor bajo toneladas de palabras. Desde que te fuiste, ni siquiera he emborronado una cuartilla: tal vez no te quise demasiado.

11.1.09

Egoísmo

No es que no quiera verte feliz. Es que hubiera preferido que lo fueras conmigo.

25.10.07

Una lección para Miroku

Aclaración: odio los fanfic. Siempre he pensado que si un autor quisiera que sus personajes hicieran determinadas cosas, las hubiera escrito. Jamás los he considerado un homenaje, sino una apropiación indebida. Sin embargo, en el foro de SGTeam el apartado más concurrido es el de fanfic, donde se encuentran escritos redactados de esa forma sincopada que suele verse en los mensajes de móviles, faltas de ortografía, puntuación dispersa y verdaderos horrores. Por cada uno normal o aceptable, hay veinticinco bazofias. Sin embargo, las críticas siempre son amables o se limitan a pedir más. Para reírnos de ellos, unos amigos y yo escribimos sendos fic de corte erótico, lo más malos, cutres y bestias posibles. Nunca he visto InuYasha, tuve que mirar en la Wikipedia de qué iba la cosa... En el foro de marras, nadie entendió la coña, todos se indignaron, pero ahí queda eso.

Sango flotaba en el agua. En aquel remanso, el río tenía profundidad suficiente como para poder nadar y la corriente era tan débil que no había por qué temer que la arrastrase. De modo que miraba el cielo y se deleitaba con la sensación de ingravidez.

Un ruido entre los arbustos que bordeaban el río la sacó de su ensoñación. Sus reflejos la impulsaron a ponerse a cubierto de un posible ataque y se sumergió, pero al poco cayó en la cuenta de que no podía tratarse de un atacante: lo más probable es que Miroku estuviera al acecho, para regalarse la vista, así que emergió con naturalidad, en tanto apartaba el pelo de su rostro y dejaba que el agua chorrease por su piel desnuda. Arqueó la espalda para recogerse el cabello, de modo que sus pechos se irguiesen. Si aquel degenerado quería espectáculo, lo iba a tener. En cuanto dicho espectáculo alcanzase su culminación, él estaría tan ocupado que ella podría darle su merecido. No podría huir.

Dejó caer de nuevo su melena sobre su hombro derecho y comenzó a pasar las manos por entre las guedejas, como si lo desenredase. El cabello le cubría el pecho y comenzó a demorar los dedos sobre su seno. Al principio, lo hacía con suavidad, como si tan sólo pretendiese deshacer un enredo, pero lentamente los movimientos dejaron de ser tan naturales para seguir la curvatura del seno. Sentía la piel húmeda y fría al tacto pero, lejos de insensibilizarla, parecía que el frío del agua hubiera agudizado sus sentidos. El pezón erecto apareció entre los mechones mojados y ella continuó rodeándolo, en círculos cada vez más pequeños, hasta apresarlo entre los dedos. Si los movimientos previos habían sido casi sedantes, ahora la sensación la electrizó.

Recordó que Miroku la observaba y que debía obsequiarle una bonita escena, porque sería lo último que viera en su vida una vez que ella lo alcanzase, de modo que se apartó el pelo para dejar ambos pechos al descubierto y que pudieran observarse sus evoluciones sin impedimentos. Abrió la mano izquierda y pasó la palma sobre el pezón, de nuevo en círculos y cada vez con mayor rudeza. Sentía la mirada de Miroku sobre ella y cómo su piel respondía a ambas caricias, la de sus ojos, la de sus dedos. Sin embargo, un extraño ansia la empujaba a aumentar la presión y la fuerza. Se pellizcó el pezón y tiró levemente de él... El aliento escapó en un leve siseo entre sus dientes apretados.

El espectáculo ya no era fingimiento. La excitación era genuina, pero si quería que el mudo testigo de su deseo pudiera disfrutar de semejante visión, no podía seguir en el agua. Si el siguiente paso debía saciar su pasión tanto como encender la de él, debía llevarse a cabo sin pudor y sin obstáculos. Salió del río y las gotas de agua que se deslizaban entre sus mulos supusieron un goce anticipado, una caricia. Una de sus manos continuaba jugando con su seno, en tanto la otra descendía por su abdomen en tanto ella se dirigía al afloramiento rocoso donde había dejado su ropa y sus armas. Apoyó su espalda en la roca y dejó que la mano descendiera hacia su pubis...

Se detuvo, presa de un súbito pudor. No se atrevía a separar los muslos y mostrar su sexo de esa manera, ni siquiera a Miroku. Las yemas de sus dedos percibían la humedad, de una textura que indicaba que no era meramente agua lo que lubricaba la hendidura ante la cual se habían detenido. Imaginó que se abría de piernas, que con los dedos separaba los labios y exponía al mirón su vagina antes de darse placer. Esa imagen mental la excitó sobremanera, pero no se decidía a hacerla realidad. No podía exponer así sus partes más íntimas, pero tampoco deseaba detenerse ahora. Decidida, colocó su hiraikotsu en perpendicular, apoyó uno de los lados del arma en la roca y se sentó a horcajadas sobre el otro brazo. Oprimió su sexo contra la arista, de modo que sus propias secreciones y el agua de su piel la lubricasen antes de comenzar a deslizarse sobre ella.

El ansia crecía. Necesitaba un mayor contacto, una mayor presión, mayor dureza. Aceleró el ritmo, sin dejar de imaginar que Miroku podría estar acariciándose frente a ella, sin dejar de observar sus labios entreabiertos, los pezones tan tiesos que casi dolían cuando sus pechos se balanceaban con cada movimiento, las caderas ansiosas que se apretaban contra el hiraikotsu. Sintió deseos de gritar su nombre, sintió un vacío que no podía llenar y que la empujaba a moverse más rápido... Sintió dos manos que le pellizcaban los pezones con fuerza y toda la excitación se disolvió en terror. ¡La habían pillado con la guardia baja!

Se levantó de un salto, pero la persona que tenía a su espalda la abrazó con más fuerza. Una lengua ávida comenzó a trazar círculos por su cuello y las manos tornaron a masajear sus pechos de nuevo. Sobre su espalda sintió el tacto suave de unos senos. ¡Su atacante era una mujer!

-Relájate, Sango... No he podido contenerme más, ¡no podía dejar que acabases tú sola!

Sango reconoció la voz. ¡Era Kagome! Se relajó al saber de quién se trataba y pensó que todo era una broma, pero la tranquilidad no duró demasiado. Las manos de su amiga reclamaban toda su atención. Su tacto era sedoso y firme, sabía erizarle y castigarle la piel al mismo tiempo. Parecían explorarla por completo, sin dejar ni un sólo centímetro sin reconocer: en tanto el torso de Kagome se frotaba contra la espalda de Sango, sus manos pellizcaban de nuevo los pezones, recorrían el vientre firme, bajaban por las caderas... Sango se envaró cuando unos dedos curiosos se detuvieron entre sus muslos, deseosos de acceder a su vagina.

-Déjame entrar, Sango- pidió Kagome, cuya respiración afanosa ponía de manifiesto su excitación y exacerbaba la de su amiga.

Sango se relajó, se obligó a relajar la musculatura de sus muslos y no reprimió el gemido que afloró en cuanto los dedos de Kagome tantearon su sexo. Rodearon con gentileza el clítoris, que sobresalía, e indagaron entre los labios de la vagina húmeda e hinchada.

-Ven...

Siempre tras ella, Kagome la hizo girarse y la obligó a dejarse caer sobre ella. Kagome se apoyó en la roca, junto al hiraikotsu y separó los muslos para acoger a su amiga. Acomodó las caderas contra la espalda de Sango y colocó sus manos entre los muslos de ella para separarlos. Realizó movimientos circulares, cada vez mas cerca de la vagina anhelante, antes de delinear los labios con las yemas de los dedos, separarlos y penetrarla. Sango no pudo reprimir un gemido. Kagome sabía lo que hacía.

Cuando Sango comenzó a mover sus caderas, su espalda se frotaba contra el sexo de Kagome, cubierto por la ropa interior, pero ésta no se dejaba llevar por el placer como su amiga. El contacto la complacía, satisfacía su deseo, pero lo que colmaba su ansia era tener a Sango retorciéndose entre sus brazos, sus dedos húmedos entrando y saliendo de aquella oquedad cálida y ambas respiraciones entrecortadas que me hacían indistinguibles. Sango quería más y ella podía dárselo. Tomó la espada de Sango y, tras lubricarla con su propia saliva, le introdujo el mango en el sexo.

Sango arqueó la espalda, la sorpresa anulada por el placer, y aumentó el ritmo de sus movimientos. Kagome también se movía tras ella, sin cesar de frotarse contra su espalda ni de mover la espada en su interior.

Mientras ambas muchachas se debatían en pos del orgasmo, Miroku las miraba desde la otra orilla y eyaculaba entre los arbustos.

8.6.07

Sonetos a la luz de la luna

Dedicado a Was y a su concepto de las señoritas xD

La luna llena iluminaba el jardín y le confería un aura misteriosa que debiera inspirarme, pero preferí acercarme a las ventanas de la planta baja y revisar mis escritos a la luz de las arañas del gran salón de baile. En ocasiones, alguna pareja danzante me divisaba a través de los cristales y sus muecas de desconcierto me distraían, quebraban mi inspiración. A veces, con suerte, podía vislumbrarla y fluían nuevos versos.

Hacía frío. El aire parecía acuchillar mi pecho en cada respiración, pero no me importaba. Esta noche era la gran noche. Todos los desvelos tendrían su recompensa.

¿Cuántas horas pasé inclinado sobre el papel, en dura pugna con las palabras? Aún entonces, minutos antes del momento culminante, releía una y otra vez, tachaba aquí, corregía allá, añadía alguna otra metáfora. ¡No puede el lenguaje mortal hacerse eco de una belleza ultraterrena! El espíritu se desborda, pero se ve refrenado por la lengua y los labios, prisión de carne para tan puros sentimientos.

Aguardé. Mi adorada pronto se retiraría a sus aposentos y yo ensayaba una y otra vez la entonación adecuada para declamar mis poemas. Sopesaba si eliminar una alusión a su blanco pecho, que podría resultar ofensiva a tan delicada dama, cuando las puertas de su balcón se abrieron y una pareja irrumpió en él. En un principio pensé en dar la voz de alarma, puesto que forcejeaban con furia, pero la luz de la luna me permitió darme cuenta de mi error: aquel lance no era mortal, sino amoroso. Ya él desprendía las horquillas del cabello de ella, rubio como el oro, así como desprendía botones, corchetes o cualquier otro impedimento que le estorbase el despojarla de sus ropas.

Ella se apartó para tomar aire y pude ver su blanco pecho jadeante, sus ojos azules que observaban al hombre con avidez. ¡Era mi dama, que de nuevo de lanzaba sobre su galán! Cogí la piedra que había preparado para llamar a su ventana cuando me dispusiera a declarar mi amor y la arrojé con fuerza. El ruido de cristales rotos interrumpió a los amantes y alertó a todos en la casa.

En mi huida, olvidé mis poemas en el jardín pero ¿qué más daba? Tampoco eran tan buenos y putas como esa hay muchas. Siempre puedo escribir más.

7.5.07

Sé gentil

NOTA: este cuento tiene su historia. Sé que eso no me disculpa de lo extremadamente cursi que es pero, creedme, tiene su explicación. Una explicación que sería más larga que el cuento. Nunca he escrito nada que pudiera parecer erótico y ahora sé por qué xD

Será nuestra primera noche. Prométeme que serás gentil. Hemos hablado tantas veces sobre lo que sucederá esta noche… Hemos planificado la velada con tanto detalle que puedo predecirla con exactitud, cada gesto, cada caricia, pero no puedo evitar un atisbo de temor.

Prométeme que serás gentil, que en efecto me recibirás entre flores y velas, para que el juego de luces y sombras de las llamas vacilantes me oculten y te descubran, te oculten y me descubran. La incertidumbre será tan excitante como la expectación.

Gentileza, cuando me tomes de la mano y poses tus labios en la palma, labios que habrán de demorarse en los dedos, lengua que tanta mis yemas. Sin embargo, no es ese mi sabor y deseo que me pruebes. A pesar de mi timidez, no dudo que estos dedos escaparán de tus atenciones, sujetarán tu rostro y lo atraerán al mío.

Besos. Qué prosaica expresión si sólo digo que te beso, pero qué ardua batalla se esconde tras estas simples palabras. Lenguas enzarzadas, bocas ansiosas, tus dientes que atrapan mi labio inferior para succionarlo con delicadeza. ¿Cómo expresar sólo con la palabra beso que mi piel se ha deshecho, que toda mi carne, mis nervios quedan al descubierto y por tanto soy terriblemente consciente del roce de la tela sobre mi cuerpo, tus manos calientes que trepan por mi espalda, tu aliento en mi rostro? Incapaz de pensar, me limito a sentir.

¿Te ríes? Sé que toda esta descripción te parece burda, que no puede equipararse a las que has escrito para mí, para el momento en que tu boca abandone la mía, roce mis párpados, dibuje mi mandíbula, se demore en mi oreja y descienda por el cuello. Mi percepción exaltada ¿cómo reaccionará cuando la blusa se deslice por mis brazos hasta el suelo? Quizá no lo perciba, quizá en ese momento decidas morder.

Sé gentil. Sólo la presión de tus dientes, la lengua acariciando la piel apresada entre ellos. Prometo no hacer ningún ruido, pero tal vez no pueda evitar que en el silencio de la habitación se haga perceptible un suspiro. Tal vez no pueda reprimir un pequeño envaramiento, sabes que es mi primera experiencia de esta índole. Sabes que te suplicaré que continúes con un gesto mudo y elocuente, que guiaré tu mano hacia uno de mis pechos y la apretaré sobre él con firmeza. Explóralo, tantéalo, investígalo y, cuando el pezón erecto desafíe tu palma, pellízcalo con fuerza.

No puedo garantizar ya el silencio. Cuando tus dedos aprieten y tiren, no sólo ruidos húmedos y respiraciones agitadas de oirán en la habitación.

Tus manos no permanecerán ociosas: las mías tampoco. ¿Cómo será descubrir tu cuerpo con el tacto? ¿Se erizará tu piel bajo mis uñas, como hará la mía cuando la falda caiga al suelo? ¿Qué experimentaré cuando me recuestes sobre las flores? ¿Ahogarán éstas mi rubor cuando me desprendas de la ropa interior? Una vez desnuda, ¿no me sentiré demasiado expuesta, demasiado vulnerable? Cubre mi vergüenza con tu cuerpo, retira con tus manos la timidez de entre mis muslos, pruébame de nuevo. Ahogaré en mi garganta cualquier sonido, prometí no gritar, pero cómo expresar todo esto, cuando cada poro del cuerpo de mi cuerpo se abre en un intento desesperado de absorber el tuyo, si dentro y profundo son palabras sin significado porque todo es ansia indefinible y sólo tenemos dos manos, una boca, un sexo que no proporcionan todo el contacto que preciso para sentirte plenamente.

Me lo has prometido. En el momento culminante, seré tu obra más perfecta, me ensalzarás. Tallarás en mi carne tus versos y brotará la roja tinta que lameré del cuchillo convertido en pluma. Ya no me será preciso tu cuerpo, puesto que todo el ansia se satisfará en la piel, penetrada por la hoja. Prometo no gritar.

Cuando creas condenarme a la inexistencia, me habrás concedido la liberación.

Espero con impaciencia esta noche.

16.3.07

¿Añoranzas?

Cuando tengo ganas de llamarte, me siento ante el ordenador y mantengo las manos ocupadas: la intención primigenia es escribirte un mail casual e intranscendente que enmascare mis ganas de oírte, pero entre el Messenger, el spam, otros mails, los avisos de mensajes en los foros y similares, se me olvida.

4.2.07

Planteamiento, nudo y desenlace

Encendió el ordenador y comenzó a teclear. Planteamiento, nudo y desenlace, las tres palabras que habrían de determinar el sentido de todas las demás que escribiera aquella tarde. En el silencio de la casa dormida sólo se oía su pulsar sobre el teclado, cada vez más furioso: sus personajes divagaban, se enredaban, tomaban sus propios caminos... La suerte de sus criaturas en nada se asemejaba a la que pensara para ellos. Por último, frustrada, ella supo que se había enredado en las vueltas del nudo y no habría desenlace.